lunes, 27 de junio de 2011

Homosexualidad árabe, la revolución pendiente

En medio del milagro de la Plaza Tahrir, se produjeron múltiples prodigios ensombrecidos por la grandeza del desafío social contra décadas de dictadura egipcia. Mujeres y hombres luchando mano a mano, cristianos y musulmanes, laicos e integristas, derechas e izquierdas… Pero sin duda uno de los fenómenos más desconocidos fue la inesperada alianza de homosexuales con los Hermanos Musulmanes. Cuentan que compartieron no sólo sueños revolucionarios sino el espacio físico de las tiendas de campaña que emergieron en Tahrir, toda una novedad para una organización integrista como la Hermandad. Y que la convivencia duró exactamente lo que duró la revolución.
“Después, los mismos homosexuales fueron atacados por los miembros más homófobosde los Hermanos Musulmanes, que rechazaron trabajar con ellos. No nos extrañó: en las agendas políticas siempre se oprime a los homosexuales de una forma u otra”, explica Anthony Rizk, miembro de Helem, la organización más visible y activa que defiende los derechos de la comunidad LGBT –Lesbiana, Gay, Bisexual y Transexual- en el Líbano.
Pese a ello, el hecho de que la comunidad LGBT de Egipto saliera a la luz con motivo de la insurrección social da esperanzas a los homosexuales, bisexuales y transexuales de Oriente Próximo. En primer lugar porque vencieron un miedo múltiple: el miedo a la dictadura y a la represión de un Estado policial pero también a la estigmatización social tan común en la sociedad local.
Manifestación del orgullo gay en Beirut. (Hussein Malla/AP)
Eso lleva a pensar que la primavera árabe sólo puede ser positiva para la comunidad más discriminada y castigada del territorio MENA –Middle East and North Africa, Oriente Próximo y Norte de Africa- que lucha desde años por tener visibilidad y por el mero derecho a existir. Gays, lesbianas, bisexuales y transexuales árabes hartos de que sus dirigentes nieguen su mera presencia, de que sus familiares les consideren una vergüenza y de que su comunidad les trate como a seres de segunda clase. “No se pueden anticipar cambios, pero las revoluciones favorecen la aparición de diferentes ideas, de diferentes partidos, del activismo de toda clase. Y eso sólo puede ser positivo. Es mejor que la estrategia del silencio”, razona Hiba Abbani, presidenta de Helem, la ONG más activa y visible de la región.
Los aires de libertad han dado energías al colectivo pese a la discriminación que padece, pese a los tabúes ancestrales que les siguen marcando y pese la debilidad de su posición. Un buen ejemplo es la última plataforma online de la comunidad LGBT árabe, Ahwaa, un foro de conversación donde sus miembros pueden compartir inquietudes y encontrar apoyo, comprensión y consejos basados en la experiencia. Cómo decírselo a la familia, cómo enfrentarse a compañeros de trabajo o clase homófobos, cómo explicar tu condición sexual a los amigos de siempre…  ”Puede resultar muy difícil, o al menos para mí lo es, verte a ti mismo comoun gay orgulloso y un musulmán observante. ¿Cómo os arregláis con eso?”, preguntaba un usuario. Es una pregunta tan frecuente en el colectivo como imposible de formular fuera del mismo.
Diálogo, información y aceptación son seguramente las cosas más anheladas entre la comunidad LGBT árabe. Los más privilegiados son, sin duda, los libaneses. En la sede de Helem, situada en el bello edificio de Zico, una residencia de artistas cerca del parque de Saadnayel, dos chicas se besuquean en una suerte de salón donde horas más tarde se proyectará la película Cisne Negro. Un par de habitaciones más allá, tres jóvenes trabajan ante sus ordenadores y responden llamadas telefónicas.
Charbel Maydaa, responsable de programas de Helem, en la sede de la ONG. (Mónica G. Prieto)
Se trata del corazón de esta ONG, una referencia en Oriente Próximo y el Norte de Africa. Seguramente, porque es la única legal de la región pese a que la homosexualidad –en concreto, “practicar actos contra natura”- es delito en el país del Cedro. El artículo 534 pena con hasta un año de cárcel dichas conductas, y es esgrimido por no pocos policías para detener a jóvenes los fines de semana. A veces les golpean y luego les dejan marchar, otras les arrestan. “Cada semana tenemos dos o tres detenciones, especialmente en Trípoli, sólo para que los policías se diviertan”, explica Charbel Maydaa, responsable de programas de Helem. Trípoli, segunda ciudad del Líbano y foco del extremismo religioso suní, es un lugar demasiado conservador para que los jóvenes puedan exhibir un comportamiento sexual diferente de forma abierta. “El bajo nivel educativo y la mala situación económica les deja aún más indefensos ante los abusos policiales. Si no sabes tus derechos, eres más vulnerable”.
Helem ha lanzado un programa, financiado por la Embajada de Noruega, para formaractivistas en 28 localidades libanesas dedicados a asistir a la comunidad LGBT en educación –“hay quien nos llama preguntando si podemos hacerle un análisis de orina para saber si es gay”- y también para que conozcan sus derechos. “Los nacidos en Beirut son más tolerantes con la gente diferente. En las regiones las cosas no son tan fáciles. Necesitas el apoyo de tu familia, porque si tu familia te protege la comunidad te respeta. Pero pocas familias en las provincias van a defender a un hijo homosexual, y no por la religión, sino por la tradición cultural”, lamenta Maydaa. “No hay educación sexual en los colegios que cambie esa cultura”.
Y la cultura árabe puede llegar a plantear un peligro de muerte para sus ovejas negras. Loscrímenes de honor que se ceban en las mujeres también afectan a gays, lesbianas y transexuales, a todos aquellos cuyo comportamiento socave el pretendido honor de la familia. “Desde 2004, hemos sacado a dos personas del país ante el peligro de muerte que afrontaban”, prosigue Charbel. “El último, hace tres meses, pudo recibir asilo en Bélgica tras sufrir varios intentos de asesinato a manos de su tío, un alto oficial de la Seguridad libanesa”. El agresor en cuestión era un intocable, pero aunque no hubiera sido parte de la maquinaria, la denuncia está fuera del alcance de gays y lesbianas. “No se puede acudir a denunciar una agresión a la Policía porque te arrestan”, continúa Hiba. “Especialmente en las zonas rurales, donde las tribus aplican sus venganzas de forma autónoma. Todo lo relacionado con las familias es tabú en el Líbano”. Lo que ocurre de puertas para adentro queda de puertas para adentro.

El riesgo que confrontan los gays, lesbianas, bisexuales o transexuales no es sólo existencial. Sus vidas se convierten en una eterna carrera de obstáculos. “En el colegio hay bulling contra el chico afeminado o la chica masculina, y los profesores suelen ser homófobos, lo que anima a los agresores. Más tarde, resulta difícil que te contraten si tu aspecto no es el de un heterosexual. Y cuando lo hacen nos exponemos a que nos paguen menos salario, a que nos hagan trabajar más horas que el resto, cualquier cosa. Nos chantajean con despedirnos y con impedir que nos vuelvan a contratar”, prosigue Hiba.
Hiba y Anthony recuerdan en voz alta el último despido de un joven al que su empresa obligó a hacerse un análisis de sida. A Charbel Maydaa ya le sorprenden pocas cosas en Oriente Próximo. Trabajó durante cinco años con el programa de Desarrollo de Naciones Unidas estudiando la discriminación de los homosexuales en una investigación que le llevó a Egipto, Yemen, Irak, Túnez, Argelia… Cinco años en los que constatar lo difícil que sigue siendo defender la sexualidad del individuo cuando no se ciñe a la heterosexualidad en una sociedad tan arcaica y tribal como la árabe.
“El peor lugar es Irak, sin duda”, reflexiona Charbel, interrogado sobre el ranking de los peores lugares para nacer homosexual. “El segundo lugar es Yemen, y el tercero seguramente Egipto”. Eso, a pesar de que en Egipto no es exactamente ilegal. Sí lo es la conducta obscena, la práctica de perversiones y el exhibicionismo, y gracias a ello hay centenares de personas arrestadas por sus preferencias sexuales. En Yemen, está vigente la pena de muertecontra los gays y lesbianas, como ocurre en Arabia Saudí. Se aplica en pocos casos, pero sí es común en el reino wahabi que los homosexuales sean condenados a penas de cárcel y a recibirhasta 2.000 latigazos. En Palestina la presión social discrimina y empuja a los homosexuales hacia Israel, donde son a menudo obligados a convertirse en informantes a cambio de no desvelar su identidad sexual. En Emiratos Arabes, los detenidos pueden llegar a recibir hormonas masculinas para ‘ser curados’, y en Siria la represión social es total hacia la comunidad LGBT. La aceptación es inconcebible. Y en Irak, a la guerra civil le siguió una verdadera campaña de limpieza sexual donde unos 500 homosexuales fueron asesinados, a menudo a manos de la policía.
Campaña en Beirut contra el artículo 534, referente a la homosexualidad. (Hussein Malla/AP)
Los únicos sitios de la región donde la comunidad vive en relativa calma –muy relativa- son Jordania y Líbano, considerado el paraísode los homosexuales árabes gracias al relativo aperturismo de sus locales para la comunidad LGBT y el eco que han tenido en la prensa internacional. Sus lugares más emblemáticos son bares como Wolf o Bardo, en pleno Hamra, como el Life Bar en el sector cristiano de Ashrafiyeh o Acid, la única discoteca gay del mundo árabe, que resiste abierta pese a las denuncias de vecinos que han llevado en más de una ocasión al cierre, eso sí temporal, de sus instalaciones.
“Creemos que es dañino que se presente Beirut con la falsa imagen de refugio de homosexuales”, insisten Anthony y Hiba. “Hay una buena situación para quienes tienen recursos económicos, especialmente para los gays, pero la discriminación es un hecho. Y además, todo aquel homosexual árabe que trata de refugiarse en el Líbano es tratado como cualquier otro refugiado, y por tanto suele terminar en prisión”. Fue el caso de Randa, la transexual argelina que relató su experiencia a Periodismo Humano.
Gracias a la labor de Helem, que tiene abogados asesorando al millar de simpatizantes en el Líbano, cada vez se ayuda más al refugiado que busca en el Líbano la aceptación de la que carece en su lugar de origen. Mucho han cambiado las cosas desde que Helem quedase legalizada casi por una casualidad, mediante un vacío legal que la convirtió en la primera ONG dedicada a la comunidad LGBT de Oriente Próximo. En 2004, los responsables de Himaya Lubnaniya lil Mithliyin, o Protección Libanesa para los Homosexuales, enviaron al Ministerio del Interior su documentación para que la ONG fuera registrada. Y no recibieron respuesta, ni positiva ni negativa. “Según la legislación, el hecho de que hayamos pagado y recibido un recibo del registro implica, ante un tribunal, una prueba de que el Estado nos reconoce”, explicaba hace cuatro años el entonces presidente de Helem, Georges Azzi.
Desde aquel silencio administrativo ha transcurrido un mundo. Otras asociaciones como Meem -para lesbianas, bisexuales y transexuales- han aparecido y se han asentado con publicaciones como Bekhsoos, una revista semanal hecha por y para el colectivo. Ahora, Helem trabaja en colaboración con el Ministerio del Interior y también con el de Salud, con quien se ha elaborado el estudio “Homofobia en los servicios clínicos del Líbano”, el primer informe sobre cómo tratan los médicos cualquier comportamiento sexual que no sea hetero.
Hiba Abbani, presidenta de Helem, en la sede de la ONG. (Mónica G. Prieto)
Los resultados son descorazonadores. La muestra incluye a 72 médicos –tanto obstretas y ginecólogos como expertos en Medicina Interna-, en su mayoría varones y casados: el 60% define la homosexualidad como una enfermedad que necesita atención médica, y un 72.9% considera que requiere atención psicológica. El 27,9% admite tener conocidos homosexuales, y de ellos el 63,2% considera que la homosexualidad es una opción personal. Para el 72,1%, que no cree conocer a homosexuales, se trata de una enfermedad mental o física. Sólo el 6,9% de los consultados ha sido recibido formación específica para atender a la comunidad LGBT.
Eso son los médicos libaneses, profesionales formados en Europa y Estados Unidos. Es de temer que en el resto de la región, la elite sea un mero reflejo de una sociedad homófoba e intolerante con cualquier comportamiento que se salga de lo tradicionalmente aceptado. Eso, a pesar de la tradición homosexual que rodea la Historia árabe, con poetas gays tan famosos como Abu Nuwas –uno de los grandes clásicos árabes, del siglo VIII- a quienes se dedican avenidas en toda la región, o el cantante Tuwais. Y de la doble moral: la segregación sexual impuesta por la interpretación del Islam deriva en efusividades entre chicos y entre chicas chocantes para los occidentales. Los jóvenes del mismo sexo habitualmente van de la mano y se saludan besándose en las mejillas, se acarician y se abrazan, algo completamente aceptado.
“El problema no es tener sexo homosexual, sino mantener una relación sentimental siendo homosexual”, explica Abdi, pseudónimo de un musulmán libanés que convive con su pareja en Beirut. Una vez más, lo que ocurre de puertas para adentro queda entre las cuatro paredes. De ahí que muchos homosexuales árabes opten por sobrevivir integrándose en la hipocresía local. “Muchas lesbianas se casan con gays para mantener las apariencias y proseguir con sus relaciones al margen de las miradas”, admite Hiba. Es lo más fácil: lo contrario supone vivir en constante desafío para defender el mero derecho a existir.
En el caso de las lesbianas, se consideran el estamento discriminado de la comunidad LGBT. “Ser lesbiana te desacredita incluso ante otras mujeres. Acumulamos todos los estigmas de la mujer, que ya en la sociedad árabe desempeña un papel secundario”, suspira la presidenta de Helem, quien sin embargo ha optado por luchar para cambiar las cosas. Y como ellas, otras muchas lo hacen. La suya no sólo es la revolución pendiente, también es la revolución inabarcable.

viernes, 24 de junio de 2011

Un buen amigo es aquel quien vio el DOLOR en tus ojos, cuando todos los demás vieron la SONRISA tras la cual lo ocultabas.

EX MINISTRA DE FAMILIA Y DESARROLLO DE LA MUJER EN 1994

El Tribunal Penal Internacional para Ruanda (TPIR) condenó este viernes a cadena perpetua a una antigua ministra de la Familia y Desarrollo de la Mujer, Pauline Nyiramasuhuko, por ordenar la violación de mujeres durante el genocidio de 1994, según informó el propio tribunal.
   "Nyiramasuhuko y su hijo han sido condenados a cadena perpetua y otros cuatro sospechosos han recibido diferentes sentencias", declaró el portavoz del TPIR, Danford Mpumilwa, a Reuters. Se trata de la primera mujer condenada por el tribunal desde su constitución.
   El TPIR, con sede en Arusha (norte de Tanzania), ha considerado que Nyiramasuhuko fue culpable de cargos como genocidio e inducción a la violación de mujeres durante las matanzas perpetradas entre abril y junio de 1994, en las que murieron alrededor de 800.000 personas, entre  miembros de la etnia tutsi y elementos imparciales de la etnia hutu.

martes, 21 de junio de 2011

Ni sirvientas ni familiares, siempre trabajadoras

21.06.2011 · IPS · Gustavo Capdevila · (Ginebra)
El Convenio sobre el trabajo decente para las trabajadoras y los trabajadores domésticos, aprobado por mayoría abrumadora en la Conferencia Internacional del Trabajo que se desarrolla en Ginebra, declara que son trabajadores los empleados y empleadas domésticas, resaltó el director general de la OIT, Juan Somavia. Ellas no son sirvientas ni miembros de la familia“, insistió el máximo representante de la OIT (Organización Internacional del Trabajo). Borrow, quien saludó la convención “como una gran victoria”, puntualizó que las trabajadoras domésticas inmigrantes en el Golfo Pérsico sufren opresión y violencia. Esas mujeres provienen principalmente de Bangladesh, Etiopia, Filipinas, India, Indonesia y Sri Lanka, detalló.
Ese es el punto saliente del Convenio sobre las Trabajadoras y los Trabajadores Domésticos y fue el mayor obstáculo durante las discusiones, comentó a IPS Karin Pape, coordinadora de la Red Internacional de Trabajadoras del Hogar (IDWN). ”Significa que no somos colaboradoras, criadas o sirvientas. Por supuesto, ninguna puede ser esclava. Somos, trabajadoras”, enfatizó Pape. Somavia admitió que, pese a que el convenio resultó aprobado por 396 votos a favor, 16 en contra y 63 abstenciones, la tarea no ha sido fácil.
Martin Oelz, un jurista del área de condiciones de trabajo de la OIT, explicó que las dificultades surgieron por tratarse de un tema nuevo, que tenía como protagonista a un sector de trabajadoras y trabajadores excluidos en muchos países de las legislaciones laborales por razones históricas y también culturales. Por tanto, ese escollo debía superarse y tomó su tiempo. Basta recordar que la OIT, gobernada por un régimen tripartito de gobiernos, sindicalistas y empleadores, comenzó a encargarse del asunto en 1965. Pero ahora, en un tiempo relativamente corto de dos años, se forjó el consenso, describió Oelz a IPS.
“En primer lugar, nos encontramos con que muchos de los negociadores no concebían al trabajo doméstico como un verdadero trabajo“, recordó. ”Pero pudimos apoyarnos en la experiencia de algunos países, como Sudáfrica, que inmediatamente después del fin del régimen de segregación racial del apartheid, en 1994, adoptó una legislación para proteger a las trabajadoras domésticas, explicó.
Con esos antecedentes se llegó finalmente al texto aprobado que reconoce a este grupo de trabajadoras la dignidad y el respeto que merece, apuntó. El convenio acepta que el trabajo doméstico continúa siendo infravalorado e invisible, es realizado principalmente por las mujeres y las niñas, en gran parte provenientes de la inmigración o de comunidades desfavorecidas.
Se trata de un sector particularmente vulnerable a la discriminación con respecto a las condiciones de empleo y de trabajo, como también a otros abusos de los derechos humanos, se indica en el texto del convenio.  En una estimación basada en datos obtenidos en 117 países, la OIT calculó que se eleva a por lo menos a 53 millones el número de mujeres, niñas y hombres ocupados en el trabajo doméstico en el mundo. Sin embargo, a causa de la forma oculta en que se realiza con frecuencia esta actividad, esa cifra puede crecer hasta 100 millones.
Somavia indicó que este nuevo convenio penetra hasta el corazón mismo de la economía informal, un sector donde el déficit del trabajo decente es más marcado. Y las trabajadoras domésticas no son una excepción, apuntó. Por ejemplo, se estima que para 56 por ciento de las trabajadoras domésticas no existe una legislación que establezca un límite al período semanal de labores que deben realizar y 45 por ciento carece del derecho a un día de descanso semanal.
El convenio obligará a los estados que lo ratifiquen, y que aún no incorporaron estas pautas a su legislación, a conceder a las trabajadoras domésticas los derechos a la libertad sindical y de asociación, así como el reconocimiento de la potestad de negociación colectiva. También deberán eliminar todas las formas de trabajo forzoso u obligatorio, la discriminación en materia de empleo y ocupación, y abolir de manera efectiva el trabajo infantil.
Los estados velarán porque las trabajadoras domésticas sean informadas sobre las condiciones de empleo, de preferencia mediante contratos escritos que incluyan los nombres de empleador y empleados, el tipo de trabajo por realizar y la remuneración, el método de cálculo de la misma y la periodicidad de los pagos. En el contrato laboral constará, cuando proceda, el suministro de alimentos y de alojamiento, y las condiciones de repatriación, al igual que las vacaciones anuales pagadas y los períodos de descanso diarios y semanales.
El convenio establece que los estados miembros del tratado están obligados a establecer un mecanismo de inspección del trabajo, con medidas que especifiquen las condiciones en que “se podrá autorizar el acceso al hogar, con el debido respeto a la privacidad”. Al fin una victoria con el reconocimiento de las trabajadoras domésticas, exclamó Isabel García-Gill, otra experta de IDWN. Ahora les toca el trabajo doméstico a los gobiernos, con la ratificación y la aplicación del convenio, señaló a IPS.
Un solo gobierno, el de Swazilandia, votó en contra del proyecto de convenio, mientras que se abstuvieron los de República Checa, El Salvador, Gran Bretaña, Malasia, Panamá, Singapur, Sudán y Tailandia, se abstuvieron. Junto con el gobierno de Swazilandia, votaron en contra del convenio los representantes de los empleadores de 15 países. En tanto que el único delegado de los trabajadores que no votó a favor sino que se abstuvo fue el de Egipto.
Los gobiernos de Arabia Saudita, Bahrein, Bangladesh, Emiratos Árabes Unidos, India, Indonesia, Kuwait, Omán y Qatar objetaron el carácter vinculante del tratado durante las negociaciones, pero finalmente se sumaron a la mayoría que aprobó el texto. La secretaria general de la Confederación Sindical Internacional (CSI), Sharan Burrow, advirtió a la Conferencia que el movimiento obrero continuará denunciando las condiciones laborales de las trabajadoras domésticas inmigrantes en los países del Consejo de Cooperación del Golfo, en particular de Arabia Saudita, Bahrein, Emiratos Árabes Unidos y Qatar.
Borrow, quien saludó la convención “como una gran victoria”, puntualizó que las trabajadoras domésticas inmigrantes en el Golfo Pérsico sufren opresión y violencia. Esas mujeres provienen principalmente de Bangladesh, Etiopia, Filipinas, India, Indonesia y Sri Lanka, detalló.
periodismohumano

Las nuevas Magdalenas de Palestina

Un informe de la ONU desvela la explotación de un millar de mujeres: pobreza, patriarcado y violencia las llevan a ejercer la prostitución

La mayoría son vendidas por sus familiares, los primeros abusadores. Casi la mitad estaban ya casadas a los 14 años y el 60% fue violada en su primera vez

La falta de legislación en los Territorios lleva a una total impunidad de los proxenetas y las mafias

Randa, prostituta durante 21 años, posa oculta bajo un kiqab prestado. Ahora trabaja en una tienda.
Randa, prostituta durante 21 años, posa oculta bajo un kiqab prestado. Ahora trabaja en una tienda.
Dicen los evangelios que Jesús sanó a María, la pecadora, de siete demonios que la atormentaban. Fue allá por Magdala, una villa al pie del lago Tiberíades, hace más de 2.000 años. A una hora larga del pueblo de la Magdalena (que ahora dicen los mapas que se llama Migdal y es suelo de Israel) reside hoy Randa, 38 años, dos hijos, palestina, musulmana, prostituta. En ella aún viven sus siete demonios: pobreza, analfabetismo, violencia doméstica, abusos sexuales, trata de blancas, repudio familiar, enfermedades venéreas… Por poner siete. Lo que narra da a entender que son unos cuantos más los diablos que la rondan. Su caso es uno de los que han servido de base para UN Women (la Entidad de las Naciones Unidas para la Igualdad de Género y el Empoderamiento de las Mujeres), cuyos expertos han redactado el primer informe sobre prostitución y sida en los Territorios Palestinos y Jerusalén Este, con unos 250 testimonios de trabajoras del sexo, proxenetas, clientes y personal sanitario. Es la radiografía de un desastre doble: el de laexplotación femenina, oculta bajo patriarcados, dominación y hambre, y el de laenfermedad, desconocida, silenciada, obviada por opresores que sitúan su placer por encima de la seguridad y la dignidad de la mujer.
Según datos de las principales ONG palestinas de ayuda a la mujer, al menos un millar de ellas ejercen la prostitución de forma constante en Cisjordania, Gaza y la Jerusalén Oriental. Como explican en SAWA (All the women together today and tomorrow), “la necesidad es el mejor afrodisíaco y Palestina, con niveles de pobreza superiores al 20% en el mejor de los casos, no es una excepción”. Para ellas no hay empleo: apenas el 15,5% de las palestinas en edad de trabajar lo hacen, frente al 67% de los hombres (son datos medios; en Gaza por ejemplo el paro supera el 45%). La cifra, confirman desde el Palestinian Central Bureau os Estatistics (PCBS) están estancadas desde hace una década, así que la necesidad se convierte de nuevo en el mejor caldo de cultivo de la explotación: familias con siete miembros de media, un sueldo y bajísimo (unos 180 euros a mes), refugiados, con los movimientos limitados por la “fuerza ocupante” israelí… “Eso hace que en gran parte sean hasta las familias las que ceden a sus hijas, a sabiendas de que un desconocido las va a destrozar”, pero necesitan el puñado de billetes, indica el informe.
Es lo que le ocurrió a Randa (nombre ficticio), que tuvo que salir de su casa con 15 años, directa al burdel. Fue su padre el que decidió venderla. No sabe por cuánto. Lo hizo “por necesidad”, seis hijos y esposa que mantener con el sueldo de albañil pero no hubo dolor en su decisión. En el 36,5%, son los padres los que inician a las chicas en la prostitución, o sus propios maridos (38,1%). El cinismo de los clientes es brutal cuando, en la encuesta, más de la mitad sostienen que están convencidos de que las mujeres actúan “libremente”, que son ellas las que se organizan y se administran y deciden ejercer. Los mismos hombres que dan el primer paso en la trata de blancas, hasta de su misma sangre. Randa trabaja ahora comodependienta en una tienda cisjordana, tras salir de la prostitución hace unos tres años. Tuvo suerte: pudo escapar porque en los últimos tiempos trabajaba para un proxeneta particular, no en un prostíbulo, y su chulo murió de cáncer. No le debía nada a nadie. Nadie le reclamó cuentas de su patrón. Hizo la maleta y se fue a otra ciudad, y a otra, y a otra. Ahora se siente segura. Sus hijos son su luz diaria. Ninguno de los dos nació del cariño, sino deviolaciones de clientes. Saber quiénes son los padres es imposible. Ella no los ve como una desgracia. Se apoya en ellos, hijos ilegítimos tan repudiados por la sociedad como ella misma. Dos chicos que hoy tienen sus primeras novietas, a las que respetan y cuidan. “La gentepiensa que soy la viuda de un gacense, tengo mi trabajo y mis hijos estudian. Pero hay quien hace demasiadas preguntas…”, afirma, arropada por personal de la ONG que la ayudó a emprender su vida nueva.
Redada policial en Jerusalén Este, el pasado enero. La mayoría de las detenidas eran árabes y de Europa del Este. / Policía Local de Jerusalén
Redada policial en Jerusalén Este, el pasado enero. La mayoría de las detenidas eran árabes y de Europa del Este. / Policía Local de Jerusalén
Su caso es prototípico, casa bien con las pinceladas fundamentales del informe de la ONU: sufrió maltrato en su hogar, como el 96,3% de las prostitutas palestinas, especialmente por parte de su padre; su tío mayor intentó abusar de ella en varias ocasiones, pero siempre llegó algún testigo que le rompió los planes y sólo le hizo tocamientos -otro mal común, el de los ataques sexuales de familiares, que sufren casi ocho de cada diez prostitutas-; como el 74% de ellas, Randa no acabó ni la educación básica, dejó de ir al colegio con 11 años para ayudar a su madre a coser en casa; su entrada en el mundo de la prostitución fue claramente forzosa (como en el 64,3% de los casos). “En realidad, el porcentaje restante es de mujeres que eligen el sexo por una necesidad evidente, de ahí que, aunque sean ellas las que dan el paso, realmente tampoco son voluntarias“, matiza el estudio.
Las prostitutas de Palestina son locales en su mayoría, con las que se trafica internamente entre Qalqilia, Hebrón, Tulkarem, Belén, Ramala y Jerusalén, especialmente. Antes del bloqueo también llegaban desde Gaza. Hay excepciones, como el centenar corto de chicas del Este de Europa llegadas a Israel y llevadas luego a los Territorios. Aunque la presión social y la connotación religiosa hace del oficio un tabú absoluto, la ONU ha encontrado “pruebas claras de servicios de acompañantes, casas privadas, burdeles y pisos supuestamente familiares”; lo más común, dicen, es que las chicas ejerzan en burdeles regidos por una madame. “Una tirana que nos daba de comer pan migado en leche una vez al día”, denuncia Randa, recordando a su primera explotadora, la que fue cómplice de su padre. Para ocultarse de ojos curiosos, algunas mafias llegan a comprar casas en colonias judías de Cisjordania, en las menos vigiladas, y allí planean los encuentros. Si hay “urgencia”, los edificios abandonados o en construcción hacen el apaño.
La mayoría de las chicas son solteras o divorciadas, captadas por su círculo más próximo (familia o vecinos). El 43% de las prostitutas casadas contrajeron matrimonio cuando tenían menos de 14 años y para el 58,3%, su primera vez no fue consentida. “Son estos matrimonios bendecidos por la sociedad en los que se dan desde el principio relaciones forzadas, a lo que no ayuda el desconocimiento entre marido y mujer, las limitaciones de la edad, el desconocimiento de sus cuerpos, su dignidad y sus obligaciones, el riesgo del sometimiento…”, indican los expertos. Muchas de estas adolescentes, ya crecidas en la humillación, fueron compañeras de Randa en varios burdeles de Cisjordania. “La mayoría se prostituía porque el marido lo exigía para que le pagase sus deudas de juego o de drogas“, relata. Es un bucle casi irrompible: “Primero te maltrata tu marido, luego te ofrece a sus amigos a cambio de dinero, luego a la gente a la que le debe dinero o al traficante del que quiere droga. A veces acabas en un piso con una madame y a veces tú misma te haces drogadicta y entonces, aunque tu marido no esté o no exija, sigues en el sexo para pagar tu adicción”, añade. UN Women ha encontrado a mujeres viudas, enganchadas a la droga por sus maridos, que tras quedar solas seguían ofreciendo su cuerpo por campos de refugiados como el de Shufat. A veces se conformaban con 20 shekels (unos cuatro euros). Dinero, comida, ropa, cargas para el teléfono móvil… cualquier cosa con tal de respirar o llevar fondos a casa. “Hemos encontrado mujeres de entre 15 y 20 años que son las mayores de su hogar y así ganan para los más pequeños. Hay otras que viven en zonas como Hebrón, donde toda la industria ha sido destrozada, y son las únicas que ganan un sueldo. Las hay que tienen a sus esposos en prisión por motivos políticos y a las que nadie quiere contratar por si los soldados israelíes la buscan y causan problemas. Alguna incluso ha recurrido al sexo vendido para pagar su matrícula en la universidad, como una vía de escape para tener otras oportunidades en el mundo”, explica el informe. En la mayoría de los casos ellas no cogen el dinero y lo administran, sino por mediación de los proxenetas, así que no siempre logran tapar agujeros. Aún peor si las obligan a buscar clientes en bares y restaurantes, porque son ellas las que tienen que pagar las consumiciones. Se calcula que apenas un tercio de los servicios acaban en manos de las chicas. Se han documentado casos como el de una joven de Gaza que ofrecía sus servicios a cambio de un bocadillo. Las que se quejan, tienen como represalias las palizas o las amenazas contra sus hijos. “Son prisioneras”, resumen los expertos. Y no denuncian por el miedo a perder a sus pequeños, a sufrir abusos aún más brutales o a perder la vida.
La técnica del engaño también funciona en esta tierra: un 15% de las chicas termina ejerciendo la prostitución después de recibir papeles falsos para cruzar a Ramala o Jerusalén Este, supuestamente con el fin de trabajar como limpiadoras. Las mafias también publican ofertas de trabajo con salarios de entre 2.500 y 3.500 shekels (entre 500 y 700 euros, una buena nómina) y, cuando la chica se presenta, se le pregunta por el dinero que tiene su familia, por si está casada, si tiene enfermedades… “Si no es muy guapa o está un poco gorda se la rechaza directamente. Claramente, no buscaban ni empleadas del hogar ni secretarias ni dependientas”, como señalaban los anuncios.
Una mujer descansa en una zona de vertedero en Gaza. "La pobreza es el principal afrodisíaco", constatan los expertos.
Una mujer descansa en una zona de vertedero en Gaza. "La pobreza es el principal afrodisíaco", constatan los expertos.
El sometimiento de estas esclavas -abunda el informe- es más intenso que en otras zonas del planeta por provenir de entornos en los que la voz de la mujer no importa lo más mínimo. El patriarcado lleva a las palestinas a tener un papel secundario, a una dependencia forzosa, a la “vulnerabilidad y la explotación”. De hecho, las pocas denuncias que se cursan las ponen las europeas, informa la Policía Local de Jerusalén. A ello se suma el calvarioencajado de años soportando golpes y abusos: según el PCBS, el 61,9% de las casadas sufre maltrato psicológico en la Palestina actual; un tercio, físico, y un 11%, sexual. La violencia doméstica es un asunto privado, que no se publicita ni denuncia por vergüenza o por el daño al honor, ese que se ha llevado en el último año la vida de nueve chicas, al menos en dos ocasiones, embarazadas de sus propios hermanos o padres.
El divorcio no es una opción, porque no siempre las familias abren sus puestas de vuelta a la mujer. De no tener pareja ni casa se llega a la prostitución en un breve plazo de intensa desesperación. Todo se va añadiendo hasta conformar el alma forzosamente sumisa de estas mujeres que, además, por cultura y desconocimiento, entienden el sexo como servicio absoluto al hombre, “que no es hombre para algunas de ellas si no pega y somete”. “A ello se le suman los problemas propios de la ocupación israelí, que se reflejan en los hogares y en los burdeles. Los hombres que se sienten inseguros o débiles pueden elegir la violencia para ejercer control sobre sus familias, para recuperar la sensación de poder. Si eres humillado en uncheckpoint, es posible que luego vayas a casa a golpear a tu mujer y aún más a una prostituta, a la que tratan con total impunidad”, señala el estudio.
Palestina, relativamente autónoma y, como mínimo, a unos meses de ser independiente, no tiene leyes que penalicen estos comportamientos, con lo que nunca se corrigen los vicios. Hay algunos restos de normativas de Egipto y Jordania, las potencias que controlaban algunos territorios antes de la guerra de 1967, y en Jerusalén Este se aplican las leyes de Israel, pero las dudas ante qué texto es válido hacen que, al final, todo quede en papel mojado. Varias leyes están ya revisándose (malos tratos, crímenes de honor, divorcio…) pero la rémora sigue: por ejemplo, en los casos de violación, se distingue entre víctimas vírgenes y no vírgenes, y si el delito es sobre las segundas, la pena es mínima (dos meses a dos años de cárcel); no hay condena ni multa si el violador accede a casarse con su víctima y tampoco existen referencias legales a las violaciones dentro del matrimonio, como indica la legislación jordana de 1960. Por tener un burdel caen seis meses de prisión, y entre seis meses y dos años es la pena para los proxenetas, aunque la condena media nunca excede el año. Es muy barato explotar a la mujer. En el caso puro de la prostitución, las leyes no la vinculan al tráfico de seres humanos, por lo que nunca se investiga esa otra “esfera delictiva indisociable”. Como si meter en un camión a una adolescente de Jenín y mandarla con una visa falsa al barrio de At Tur (Jerusalén Este) no fuera mercadeo puro.
(AP Photo/Farzana Wahidy)
La Policía no es de gran ayuda: faltan medios y formación y sensibilidad, denuncian los autores del estudio. El 94,1% de las meretrices no cree que los agentes las defendieran si los necesitaran. Se han dado casos de chicas que han buscado su protección y, a la hora, han sido sacadas a rastras de la comisaría por “un centenar” de familiares, clamando venganza contra la puta que está horadando su honor. Puede que hasta sean los mismos que la iniciaron en el oficio y la violaron de niña. “Lo más doloroso es ver cómo la mujer pierde totalmente su capacidad de tomar decisiones, se controla su vestir y se le dice cómo buscar un compañero, necesitan de un hombre para abrir una cuenta en el banco, y luego son explotadas sin consecuencia legal alguna. El miedo a la reputación, las normas sociales, las tradiciones, la manera de entender el sexo y la violencia callada alimentan ese caldo de cultivo de sufrimiento”, concluye el documento. Las que están bajo legislación israelí no lo tienen mejor, unas porque están en Jerusalén Este de forma irregular, otras porque por motivos políticos temen acudir a los agentes “enemigos”. El resultado es el mismo: la indefensión absoluta. Varios médicos confiesan a la ONU que han intentado ayudar a estas mujeres y se han encontrado respuestas del tipo: “No es asunto tuyo. Sólo eres un doctor. No metas la nariz donde no te llaman”. Quien recibió semejante frenazo acababa de atender a una niña de nueve años a la que violaban varios familiares y que estaba “a disposición” de quien la quisiera, previo pago.
El informe cuenta con testimonios de clientes que, sin ambages, justifican la explotación sexual de las mujeres. “Nuestra sociedad es cerrada y si no estás casado no hay manera de lograr sexo de otra forma”. “Voy por deseo o por encontrar más variedad sexual”. “Sabemos de madames a las que llamas y te mandan a una niña a casa cuando quieras”. “Son una buena manera de iniciarnos en el sexo”. “Hacen lo que tienen que hacer porque les decimos que lo hagan”. La mayoría de los clientes son casados (58%) o solteros que no “aguantan” la espera hasta la boda (32,8%). Hay taxistas, comerciantes, abogados, maestros y hasta algún extranjero de los muchos que se mueven por los Territorios. Cada vez más, añade la ONU, entran en esta cadena inhumana los adolescentes. En Palestina existe la figura del teacher, el profesor, un hombre que se lleva a cuadrillas enteras de chavales a tomar alcohol y drogas y, luego, a “visitar a las prostitutas”.
La prepotencia de los clientes y la desinformación son los causantes de la falta de protección con que esas prostitutas se enfrentan al sida. Según UN Women, el limitado acceso a folletos, consejos, terapia y demás orientación sanitaria les impide elegir entre su seguridad y las órdenes del explotador. No pueden negociar. No es sólo cuestión de voluntad, es que muchas no saben qué es el sida ni cómo se contagia: el 39% de ellas reconoce que no conoce sus riesgos, frente al 1,6% de los clientes. Ellos sí saben, pero lo afrontan desde la superioridad (“Esto no puede pasarme a mí”): el 81,2 de los hombres cree que ellos no son vulnerables al VIH; ellas, cuando conocen y comprenden, confiesan que sí se ven absolutamente expuestas (78%). “No hay sida en Oriente Medio, los condones reducen el placer y además aquí nuestro ambiente es sano. Yo lo hago con chicas jóvenes y limpias, seguro que no tienen el sida”. Con frases como estas, el 64% de los clientes se niegan a ponerse un preservativo. Es lo que dicen las muchachas. Ellos lo niegan, sólo un 14% confiesa que no lo usa nunca. El porcentaje puede ser aún mayor, sospechan los expertos, porque en no pocas ocasiones las jóvenes son usadas después de haber sido narcotizadas. “No saben bien lo que les hacen”. Los hombres no usan el condón, medio profiláctico básico para prevenir el contagio del VIH, porque “sienten menos placer”, “es más natural sin él”, “cuestan mucho dinero”, “causan infertilidad” o, sencillamente, porque no quieren. El riesgo aumenta así por los fluidos y por posibilidad de intercambios de sangre, ante las heridas que pueden infringirse a las mujeres durante estas sesiones de sexo brutal. Las chicas que además consumen drogas sostienen que el intercambio de jeringuillas está a la orden del día en los locales de alterne.
El Ministerio de Salud de la Autoridad Nacional Palestina tiene registrados desde 1986 unos 19 casos de VIH asintomático (portadores) y 47 de sida desarrollado, la mayoría de hombres jóvenes contagiados por relaciones heterosexuales. La OMS sostiene que esta estadística es muy cuestionable; también a la salud llega el desorden de una administración a medio hacer. En todo el Medio Oriente y norte de África la epidemia está creciendo de forma constante, pasando de 200.000 casos en 2001 a 310.000 en 2008. En todo el mundo se calcula que hay 33 millones de personas con VIH. Las prostitutas, al estar más expuestas (malas prácticas, violencia, cambio de pareja) debería tener más celo en su prevención, pero no es el caso: sólo el 18,5% de las mujeres se han hecho la prueba alguna vez, frente al 81,5% que nunca lo ha hecho. Desconocen absolutamente que, si van a un centro de salud, tienen derecho a que se haga el test con absoluta confidencialidad. Le tienen más miedo a la publicidad que a la enfermedad en sí.
Randa confirma lo que narran las cifras de la ONU. Llegó a estar sometida a nueve hombres una noche. A duras penas recuerda que usara preservativos, y siempre que lo hizo fue por exigencia de la patrona del club, no porque su voluntad fuera escuchada. Sólo se hizo una prueba del sida en 21 años, a exigencia de un empresario alemán que se encaprichó con ella y fue su cliente estable durante un tiempo. Estuvo sin trabajar diez días después de que un cliente la violara repetidamente y la golpeara con una porra de goma. A veces dejaba a sus hijos en el burdel porque no tenía ni amigos ni dinero para garantizar sus cuidados. Aún se recupera de la gonorrea que le ha provocado graves hemorragias. Hizo de madre de unas prostitutas más jóvenes para simular que iban de compras con permiso a Jerusalén. Aquellas muchachas se quedaron en la capital de forma clandestina y nunca más supo de ellas. La expulsaron de un prostíbulo por negarse a reclutar niñas (“No iba a hacer con ellas lo que hicieron conmigo”) y uno de los socios se la quedó para llevarla escondida en un coche a unpueblo pequeño, donde la dejó viviendo a las afueras, en el campo, una zona inaccesible rodeada de un huerto minúsculo y un pozo, donde cada noche le acercaban los clientes y algo de comida, para que nadie la viera ni supiera de ella. Mucho dolor hasta que la muerte de su último patrono la liberó. Su testimonio, hilado más por los voluntarios que por ella misma, es cortante y descarnado. Es el resultado de las manos que la han golpeado, la fuerza que la ha sometido, el dolor que la ha hundido. Ahora intenta mirar al futuro con sus hijos y su empleo. Humilde y simple deseo de supervivencia en paz. Es lo que desea para sus antiguas compañeras y para los 4,5 millones de mujeres que hoy ejercen la prostitución en el mundo.
RECOMENDACIONES DEL INFORME DE UN WOMEN
1) Redactar leyes transitorias en Palestina para evitar la desprotección de las mujeres prostitutas y sancionar los delitos a que son sometidas antes y durante su explotación.
2) Fortalecer el papel de la mujer en el mercado laboral de Palestina, que impida que se vean forzadas a ejercer la prostitución por necesidad. Hay que insistir en abrir vías en oficios tradicionalmente masculinos y áreas de innovación.
3) Entrenar a la Policía para asistir a las víctimas y prevenir su explotación y su transporte ilegal.
4) Fijar un plan nacional contra la violencia sexual y doméstica, la prostitución forzosa y el tráfico de seres humanos.
5) Reforzar la educación igualitaria y en valores para que no se repitan en los adultos los modelos de opresión y violencia, con especial empeño en zonas rurales y áreas desestructuradas.
6) Facilitar el acceso a la información sobre el VIH y garantizar pruebas privadas y seguras.
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miércoles, 15 de junio de 2011

Adolescentes, homosexuales y sin hogar en Estados Unidos

 

Vivir en la calle no es fácil para nadie, y menos aun para adolescentes homosexuales

Muchos son rechazados por sus familias, expulsados de sus hogares, discriminados en los colegios e incluso víctimas de abusos.

Eljen, residente de un hogar del Centro Oasis (Foto: Centro Oasis)
El Centro Oasis, en la sudoriental ciudad estadounidense de Nashville, trabaja para combatir los prejuicios y proveer espacios más seguros para los jóvenes de la comunidad de lesbianas, gays, bisexuales y transgénero (LGBT).
Durante semanas, una joven adolescente que residía en esta ciudad con su abuela luchaba con la decisión de vivir abiertamente su condición de lesbiana. Ella creía que su abuela podía rechazar su opción sexual, pero pensaba que al menos seguiría dándole apoyo material. Sin embargo, su abuela no sólo repudió su sexualidad sino que la expulsó de la casa, y la joven terminó viviendo en las calles de Nashville.
Este tipo de problemas no son inusuales entre los jóvenes LGBT. La Alianza Nacional para Poner Fin a la Falta de Hogar informó que, mientras entre cinco y 10 por ciento de la población joven estadounidense se reconocía homosexual o transgénero, más de 20 por ciento de los jóvenes sin hogar se identificaban así. En algunas localidades, al menos 40 por ciento de las personas sin hogar pertenecen a la comunidad LGBT.
“Nuestras estadísticas sobre jóvenes homosexuales, bisexuales y transgénero los ubican en alrededor de 30 por ciento”, dijo Pam Sheffer, voluntaria de tiempo completo en el Centro Oasis. “Los jóvenes homosexuales y transgénero tienen una gran necesidad de programas gratuitos que los aconsejen”, añadió. Lamentablemente, hasta el verano boreal pasado, Nashville no contaba con muchos recursos específicos para ayudar a los adolescentes LGBT. Si bien el Centro Oasis tenía más de 40 años de experiencia atendiendo a jóvenes en problemas, sólo hasta hace poco desarrolló programas específicos para este sector.
Sheffer, empleada en la industria de seguros hasta el año pasado, ayudó a crear programas de apoyo para los LGBT. Para ello pospuso su carrera y se convirtió en voluntaria de tiempo completo. ”Siempre sentí pasión por trabajar con jóvenes LGBT”, dijo. “Identificarse como homosexual o transgénero puede ser algo muy delicado, y me sentí inclinada a ayudar a los jóvenes a afrontarlo. Me enamoré de lo que el Centro Oasis tenía para ofrecer y quise ser parte de eso también“.
Sheffer le pregunta a los jóvenes LGBT qué es lo que necesitan y de qué tipo de programas les gustaría participar. Hasta ahora, su estrategia funciona: unos cuatro jóvenes asistieron al primer encuentro organizado por el Centro Oasis. Para el tercero, se sumaron más de 20. ”Ahora organizamos programas consistentes, con fechas y calendarios”, señaló Sheffer. “Eso le da a los jóvenes la oportunidad terapéutica de contar su verdad a una audiencia”.
El taller (Oasis)
El programa llamado “Simplemente nosotros” educa sobre la historia de la comunidad LGBT, con información sobre líderes homosexuales y transgénero que hicieron una diferencia en el mundo. Sheffer también analiza con los jóvenes leyes que afectan a este sector de la población y brinda pautas para encontrar trabajo y vivienda. ”No se trata de deprimirlos o abrumarlos, sino de darles la esperanza de que pueden ser ciudadanos exitosos en una comunidad”, señaló. Sheffer también organiza encuentros especiales como “El armario: ya no es para la ropa”, que se concentra en las complejidades emocionales del proceso para identificarse como homosexual o transgénero.
El otoño boreal pasado celebró una reunión de cinco horas en los que jóvenes LGBT completaron una encuesta anónima sobre sus deseos y aspiraciones. En base a sus respuestas, el personal del Centro Oasis diseñó nuevos programas. ”A través de esas encuestas nos enteramos que esos jóvenes de hecho no quieren ser etiquetados”, dijo Sheffer. “Sienten que poner etiquetas simplemente abre la puerta a una mayor discriminación. Saber este tipo de cosas nos ayuda a crear una programación más efectiva”. De hecho, el Centro Oasis pudo identificar las cuatro principales necesidades de los adolescentes homosexuales. La mayoría quieren mentores adultos que los ayuden durante el proceso para definir su identidad.Además, añoran tener una familia que los acepte, iguales oportunidades en la sociedad y un ambiente escolar seguro.
Un estudio del Departamento de Sociología de la Universidad de Nebraska-Lincoln concluyó que 33 por ciento de los jóvenes heterosexuales sin techo han sido atacados sexualmente, contra 58 por ciento de los LGTB. Cuarenta y cuatro por ciento de los adolescentes homosexuales y transgénero han sido abusados sexualmente por sus cuidadores adultos, contra 22 por ciento entre los heterosexuales. Mientras, un estudio elaborado por el Proyecto de Aceptación Familiar mostró los problemas que afrontan los adolescentes LGBT repudiados por sus parientes.
Los jóvenes que sufren rechazo tienen 8,4 veces más probabilidades de inclinarse al suicidio, 5,9 veces más de experimentar depresión, 3,4 veces más de consumir drogas y 3,4 veces más de tener sexo sin protección. ”Este estudio claramente muestra el tremendo daño que causa el rechazo familiar, aun si los padres creen estar bien intencionados, siguen profundas creencias o piensan que los están protegiendo”, señaló Sten Vermund, de la Universidad de Vanderbilt. ”En el hostil clima actual para los jóvenes LGBT, es especialmente importante notar que los problemas de salud mental, como la depresión y el suicidio, y los comportamientos de riesgo ante el sida (síndrome de inmunodeficiencia adquirida) se incrementan en gran medida por el rechazo”, indicó. Armados con estas estadísticas, el personal del Centro Oasis sale a las calles.
“Intentamos dedicarnos a casos específicos, así podemos evaluar a esos jóvenes en su hogar, en la escuela y en la iglesia, y entonces identificar dónde podemos ayudarlos a sortear sus problemas”, señaló Sheffer. ”Si identificamos que se está produciendo un abuso, entonces podemos intervenir. Si alguien simplemente necesita reunirse con sus pares, podemos ofrecérselo. Si lo que buscan es consejo, lo tenemos. Al final de cuentas, lo que queremos evitar es que queden desesperados“, dijo.